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La vida, la muerte y la lejanía.

Suena el teléfono, mi padre al otro lado de la línea me da una triste noticia: "la Abuela se murió". Así de sopetón, sin anestesia, sin posibilidad de digerirlo, como un balde de agua helada que te atraviesa el cerebro. ¿Cómo es posible? ¿de verdad?, la duda me invade en mi incapacidad de creerme la situación. Seis horas fueron suficientes para decidir coger un vuelo y marcharme a Venezuela. ¿El dinero?.. bueno como dice el anuncio de televisión: hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás Mastercard.

Tres mujeres han marcado mi pensamiento: mi mamá y mis dos abuelas. Mi abuela Ana, era mi abuela paterna, pintora por vocación, visionaria y rebelde con todo lo establecido. En 1954, ya trabaja como telefonista en la mayor empresa de telefonía de Venezuela. ¡Que progresista era¡ ¿Cuantas mujeres venezolanas trabajaban en aquella época?. Así me transmitió su particular sentido de la vida: diferente y transgresor.

Tengo mas de una frase suya en mi cabeza, grabada a fuego:
  • "No se puede ser víctima del estatus"
  • "Me gusta ir a la iglesia, pero esas "viejas" que van, hacen que me aburra"
  • "Come sin llegar ha saciarte completamente, que no sientas que la barriga te va a explotar"
  • "¡Mirame los dientes, todos son míos¡. ¡Que importante es llegar a la vejez con dientes propios¡"
  • "Estudia Chino, el chino es el idioma del futuro". (frase dicha en 1999) 
Un día al salir de su casa, despidiendome en la puerta, dijo: Es que tú, eres una mujer internacional¡¡¡ ¿Abuela por qué me dices eso? y responde: es que yo no te veo solamente aquí en Venezuela, tú eres una mujer de mundo¡¡¡. En ese momento ni siquiera tenia planteado irme del país.

Durante las seis horas posteriores a la noticia de su fallecimiento, el dolor que sentía no me dejaba respirar, ni siquiera me dejaba pensar, solo metía lotes de ropa en la maleta que me iba a llevar de viaje. Mi hermana se encargaba de gestionar por teléfono el pasaje, yo mientras tanto lloraba, y llamaba compulsivamente a mis familiares de Venezuela para que por favor retrasaran el entierro, que no lo hicieran tan deprisa, que nos esperaran tan solo unas horas. Deseaba darle el último adiós, y no fué posible. Es el precio a pagar por la distancia. Me imagino que en el fondo la familia pensaría: si ellas se fueron de aquí hace tantos años, dejándonos a todos, para que le vamos a conceder esa petición. En fin, lo mejor es lo que sucede.

 A veces pienso que nunca me perdonó que me fuera de Venezuela, sobre todo porque no me hablaba con cariño de estas tierras, las cuales había conocido unos veinte años atrás. Reconocía en sus silencios el dolor que le produjo mi partida. Es uno de los precios a pagar por dejar el país donde uno crece. Uno se va, pero ellos quedan allí con su vida y el hueco que uno deja no lo llena nadie, porque en la familia cada uno tiene su puesto. En cambio se sale y se forma una familia, se labran caminos nuevos, se lucha cada día para triunfar y lograr lo que se ha venido a buscar, y se entiende que la vida es así, que cada uno busca su camino. Sin embargo, ahora que la he perdido, todo se relativiza y comienzo a pensar si realmente vale la pena dejarlo todo para seguir mi camino. Por primera vez en muchos años, pienso en volver. Sé que pasará y que me volveré a estabilizar emocionalmente, pero por hoy mi corazón siente que la lucha voraz por lograr la vida que quiero, no tiene sentido sin tener a los que amo junto a mi.

 Sé que me amaba aún más de lo que yo pude amarla. Permanecerá conmigo siempre, su carácter le ha dado vida a mi ser. Continuaré riéndome mientras pienso en cada una de sus ocurrencias. Su paz es hoy mi paz. Te amo abuela.

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