lunes, 6 de febrero de 2017

Yo, Princesa

Nací colandome sin previo aviso, un 16 de Octubre de 1974. Mi madre enamorada perdidamente de mi padre y siendo estos novios, hicieron lo que la naturaleza manda, se amaron con locura y desenfreno. Lo hicieron como solo los de menos de 20 pueden hacerlo, con el alma descubierta. Tenía que colarme! ante tanto amor no iba a ser yo quien desaprovechara esa oportunidad.

Mi padre decidió llamarme Princesa, porque justo cuando decidían mi nombre, aun estando embarazados, mi abuela Ana le llamó por teléfono y le preguntó: ¿Cómo está mi Princesa?. Antes de esa llamada mi padre y mi madre reunidos en la habitación, sacaban de una bolsa un papelito con el nombre de Princesa. En esa bolsa habian metido todos los nombres que querían ponerme. Y coincidió ese nombre con la llamada.

A pesar de llamarme Princesa, mi padre siempre soñó con tener un varón. Recuerdo que de pequeña, me llevaba a la peluquería y cuando llegaba a casa, mi madre le reclamaba que porque me habia cortado el pelo como un niño. En muchas ocasiones me regalaba carritos y siempre me llevaba con él a lavar el coche, o a acompañarle mientras hacía algo de mecánica.

A los 8 años le pedí que me regalara una pelota de voleibol y se apareció con un balón de fútbol. Os imaginais mi cara de decepción. Recuerdo que le reclame y me dijo: a caballo regalado no se le mira el colmillo. No podía jugar voleibol con ella, era demasiado dura para golpearla con el antebrazo, sin embargo me sirvió para aproximarme a un grupo de chicos que necesitaban un balon para jugar futbol. Así que yo se los prestaba y así me dí a conocer entre ellos.

Quizás por eso, tengo una parte masculina muy acentúada, no me importa ser una manitas en mi casa, siempre lo estoy arreglando todo, entre muchas otras cosas y siempre me he llevado mejor con los chicos que con las chicas. Así mis mejores amigos del cole y de la universidad, son hombres.
Pero a pesar de ello, siempre fui una niña muy coqueta, desde los tres años me gusta llevar los labios pintados, cuantas barras de labiales le estropee a mi madre y a mis abuelas. De adolescente me encantaba llevar las uñas arregladas y mi cabello siempre largo. Adoraba hacer deporte, siempre estaba metida en alguna actividad, era tan inquieta y curiosa como ahora. Siempre quería saber más, aprender más, descubrir todo lo que no veian mis ojos o no entendía mi cabeza.

Mi nombre siempre hizo que la gente me recordara con dulzura. Me miraban y no se que sensación les producía, pero casi siempre genere amor y sorpresa. He sido una persona con estrellas. También he trabajado mucho eso sí, he sacado mi carrera, a los 21 años ya tenía el título de abogado. Me siento orgullosa de eso. Siempre me defini como una mujer luchadora a la que le gustaba cumplir sus sueños y sobre todo aprender.

A los 26 años me armé yo sola un viaje que me cambio la vida, a esa edad decidí cambiar mi destino, mudandome de país y aceptando casarme con la persona que amaba. Él decidió unirse a mi aventura migratoria. Ahora miro hacia atras y me pregunto cuanto empuje tuve para iniciar ese avance: un cambio de país, con todo lo que ello conlleva.

Ahora a mis 41, inicio otro viaje, hacia el reencuentro conmigo misma, tratando de rescatar mi esencia, sanando a esa mujer que su padre quiso que fuera niño y que en algún momento llegó a pensar que ser mujer era símbolo de debilidad. Trato de hacer las paces con la mujer que soy, tratando de ver cuanto daño me ha hecho crecer esta sociedad patriarcal, sobre todo en una sociedad venezolana como la que yo crecí, donde tener belleza física primaba sobre cualquier cosa. 

Pero compartiendo en común con el resto de las sociedades del mundo, el que la mujer siempre estuvo al servicio del hombre, sobre todo dentro del hogar.

Quiero hacer las paces conmigo misma, quiero hacer las paces con mi femineidad, mostrarme débil cuando no me siento fuerte, llorar cuando me de la gana y dormir cuando la somnolencia me invade porque tengo la menstruación. 

Aceptar que durante el mes cambio como las mareas porque mi ritmo no es solar, es lunar. Lo hombres deben aprender a reconciliarse con su propia femineidad,  para poder entender los ritmos de la vida misma.

Hay trabajo por hacer aun, quitarme capas de luto, va a ser la única forma que mi corazón vuelva a amar. La persona que vaya a estar conmigo se merece a una mujer sin mochilas. Preparo el camino, sin desespero, lo que tenga que ser será.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Preciosa historia la de tu nombre, y ese pedacito de infancia.

Enhorabuena, ya estas un poquito mas cerca de donde quieres llegar.

Gracias siempre por compartir.

Alexey

Erosrapsodia dijo...

Gracias a ti por tus palabras, siempre tan dulces.

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