miércoles, 26 de julio de 2017

Adios mi querido Papi

"Te quiero yo más a ti, por que yo te vi primero"...siempre me respondía con esa frase cuando le decía que le quería. Cuando murió mi madre, el 17 de Octubre de 2016, le pedí en estado casi desesperado, que no me diera un susto, que aguantara un poco y eso hizo, sobrevivió nueve meses más. Mi abuelo materno, a quien por cariño le llamábamos Papi, falleció en Pontevedra, a causa de un ictus, a los 91 años, el 17 de Julio de 2017, a las 12:15.

Mi abuelo y mi madre vivieron conmigo los últimos dos años, pero a raíz del suicidio de mi madre, decidimos que viviera con mi hermana para que cambiara de aires. Luego de su partida a Barcelona, mi casa se quedó sola y sinceramente, yo que defendía tanto mi soledad, sentí que el vacío de su ausencia a veces se me hacia insoportable.

Tengo tanto dolor dentro, que ya no se que dolor sentir, incluso a veces creo que se solapan y se anulan. Otros días siento que hasta respirar me cuesta. Bienvenida a la vida!, me repito constantemente, entonces sonrío, porque creo que la finitud de nuestro cuerpo nunca apagara nuestra alma.

91 años llenos de intensa vida, mi abuelo, un emigrante gallego que vivió desde 1952 en Venezuela, retorno a su España en el 2015. Aun recuerdo que estando aquí en Madrid conmigo, estaba desesperado por volver a Venezuela para conocer a su segunda biznieta y así lo hizo, fue y al cabo de unos meses regresó junto a nosotras para seguir repartiéndonos amor, porque eso era lo que el daba: amor y enseñanzas a todos los que estábamos a su alrededor.

Mi abuelo no solo me cuidó, guió y amo en vida, sino que me dió una de las experiencias mas bonitas y significativas que un ser humano puede vivir: me permitió despedirme de el, sujetándole la mano, permitiendo que se marchara en paz. Para mi, como superviviente de dos suicidios en la familia, poder despedirme fue un regalo con un valor incalculable.

Durante tres días, dormí pegada a su cama en el hospital, vi todas las veces que abrió los ojos y la última vez que los cerro. Le acaricie tanto y le dije tantas veces que lo amaba, que el tacto de su piel lo llevo grabado a fuego en mi memoria dactilar. Su piel siempre fue suave, parecía algodón, por eso a mi abuela le encantaba tocarlo.

Ahora el vive en mi y su alma está libre al lado de "su novia" y de mi madre, quien no podía estar sin ellos.

Solo siento agradecimiento y tranquilidad, te amo abuelo!.

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