Elsa Punset dice que si escribes durante cuatro dias seguidos lo que sientes, plasmándolo en un papel, puedes reprogramar tu cerebro, ya que la mano va mas lenta que el pensamiento y le permite al cerebro durante unos segundos, digerir las emociones que se transmiten mediante el acto de escribir, a esto lo llama escritura creativa. Creo que paso la mayor parte de mi vida, viviendo cosas y transformándolas en mi cabeza, en frases para ser escritas. Luego no lo hago, ya sea porque no tengo tiempo, o una herramienta de escritura que realmente me transmita placer al escribir. También el estrés me roba creatividad, no deja que mis ideas fluyan desde el fondo de mi misma. Todo esto me hace sentir que si no escribo, se me atragantan las emociones el pecho.
Siempre pensé que era una persona que no se llevaba bien con sus emociones, pero lo que nunca me imaginé era el alcance de ese enunciado. Hubo un momento en mi vida en el cual decidí que la razón debía primar sobre los dictados de mi corazón. Empecé a ver mal el hecho de verme como una mujer sensible, tal vez porque pensé que siendo una mujer sensible podía ser débil y yo no me quería sentir débil ante nadie. Siempre prime el valor de ser fuerte y tener templanza por encima de cualquier emoción que sintiera mi corazón.
Así han transcurrido los años, quizás desde los 13 actúo de esta manera. Ahora, ya con 43 años veo que ser mujer y ser sensible no tiene nada de malo, es parte de mi naturaleza. Tal vez he reprimido durante 30 años el ser emocional que soy.
Mi madre era todo emoción, su corazón mandaba en ella siempre, a mi me costaba entender sus sentimientos, porque para mí, sentía en exceso. Yo no quería verme reflejada en ella, viviendo emociones que me llevaran a tomar decisiones equivocadas, por primar el corazón sobre la razón. Mi padre es un desastre emocional, nunca le he visto llorar. Durante mi adolescencia siempre se enfadaba conmigo y dejaba de hablarme durante meses enteros, si hacia algo que le hería. Sembraba distancia entre los dos, como si ignorándome pudiera negar mi existencia. Eso me dolía, así han pasado 30 años, entre acercamientos y distancias silenciosas.
Creo que he creado un mundo interior protegiéndome del exceso de sentir y la amenaza de abrirle mi corazón a alguien que a sabiendas de que me ama, es capaz de poner distancia e ignorarme a su antojo. En noviembre del 2012, durante una de mis noches mas tristes, pude abrirme y llorar desconsoladamente en brazos del narcisista. Creo que llore con el alma desnuda, rota de dolor, sumida en la sensación de fracaso, sentimiento de perdida y poca valía. El me dijo que confiara en él, que me protegía, que estaba ahí para sostenerme. Confíe en él, pero a los pocos días su careta cayó y me mostró su cara más hostil, empezó a jugar un juego maquiavélico donde un día estaba en casa y otro día desaparecía, iba y venía sembrando desestabilidad.
Creo que gracias a él, soy una persona fuerte, aprendí mucho de esa relación, aunque me haya dolido como ninguna. Sin embargo he pasado años, recomponiendo y sanando todos los pedacitos rotos de mi corazón. Cuanto sexo he tenido y cuan distante emocionalmente he estado de los hombres. Durante mi proceso, consumí hombres a mi antojo y ellos me consumieron a mi. Me involucre solo con aquellos que buscaban lo mismo que yo, porque no quería ni sentir, ni hacer daño a nadie creando falsas esperanzas. Pero todo eso me llevo a que mis emociones se desentrenaran, si antes se me hacían difíciles de reconocer, durante ese tiempo las tuve adormecidas.
El duelo, ha jugado un papel decisivo en la confrontación con mi yo interno. Me ha abierto en canal literalmente, me ha desbordado, me ha hecho sentir a raudales, todo ha salido a flote. Y aquí estoy sin saber que hacer con tanto sentimiento suelto, que brota de mi sin poder hacer nada para contenerlo.
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