miércoles, 3 de septiembre de 2014

La verdad es solo para los valientes

Mi amigo Bruno me ha enseñado que hay que ser honesto siempre, pero ser sincero    es de idiotas.

La primer vez que me lo dijo, frunci el ceño en señal de desacuerdo. No lo entendía. Siempre defendí a capa y espada la sinceridad y no veía la diferencia entre sinceridad y honestidad. Este año a raíz de muchas experiencias vividas lo he entendido. Quizás lo que me ayudó a digerir el concepto fue entender que no todo el que te rodea está preparado o le interesa saberlo todo. Prefieren tener la opción de no saber o de saber a medias, quizás porque para saber la verdad de todo y escucharla de la otra persona, requiere una personalidad libre de miedos y un autoconocimiento que permita recuperarte rápidamente de aquello que estas escuchando y no te gusta.

También puede ser que realmente no te importe demasiado la persona o la situacion y que no quieras cargar con emociones que no te aporten nada.

Me gustan las personas honestas, porque tengo una gran capacidad para digerir rápidamente ideas, clasificarlas, ponerlas en orden y gestionar las emociones que me producen. Pero es cierto que la sinceridad pura y dura, esa que se aplica sin importar el impacto emocional que produce en el otro, no me gusta. Esa hace daño. Se pueden decir las cosas claras y de forma firme sin necesidad de hacer daño. Aunque también es cierto que estar calibrando todo el tiempo que le produce daño o no a la otra persona, es agotador.

Al final lo importante es tener una actitud honesta y abierta en todo momento. Ser coherente en ello significa mostrarte tal cual eres: con tus emociones y tus actitudes.

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