Montarme en un avión y viajar me produce tantas cosquillas, que se asemeja al efecto de mirar alguien que me gusta. Adoro los aeropuertos, los aviones, el olor a gasoleo, la incertidumbre del despegue, mirar a las azafatas haciendo la demostración de como salir corriendo en caso de que el avión se estrelle, jejeje, me pregunto si en caída libre recordaré que debajo del asiento hay un salvavidas, eso lo primero. Lo segundo es, si seré capaz de, con la fuerza de gravedad, poder agacharme para sacarlo de ahí. Buah! ya aprendí a encomendarme a la vida por si acaso!. Pero sí, la sensación me encanta, me hace feliz!.
Esta vez vuelve a tocar París. ''Grey'' anda por aquí así que decido llamarle. Ya desde hace algún tiempo, compartimos ciertas aficiones: Noches de diversión Parisina en la Rue Therese, (Los masones debieron practicar sus rituales de fertilidad en un lugar así). Aquí la lujuria hace su aparición de forma sofisticada, suave y dulce, todo lo inunda, todo lo ilumina, sabe a caramelo de menta y a frutas exóticas. El romanticismo se vuelve vulnerable y palidece, huye. Bocas dulces buscan besos ajenos para alimentar el deseo de lo prohibido. Los sentidos se llenan de erotismo y elegancia, el champang rueda a sus anchas, burbujas que cosquillean por debajo de la cintura. Mis Louboutin a juego con mi vestido negro, la etiqueta es rigurosa. Pisar con suelas rojas París, tiene algo orgasmico.
Es un Carpe Diem de placer, deseado por muchos pero que pocos se atreven a vivir, porque prefieren tenerlo como fantasía dentro de sus memorias, otros por no querer pecar. Aunque como en todo lo corruptible, con ofrecer unas cuantas oraciones los pecados se olvidan. Me toca rezar, quizas en Notre dam haya sitio para poder incarme de rodillas y expiar mis culpas, tal como lo hacian los Papas en siglos pasados.
Louboutines a la maleta que hoy toca pasear a la Princesa por las calles de París.
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