martes, 8 de noviembre de 2016

El suicidio toca mi vida nuevamente.

Aquel hombre de ojos negros penetrantes me miraba fijamente mientras me explicaba los trámites a seguir. Yo solo observaba su corbata de rayas grises y amarillas, su traje oscuro y en su cabello perfectamente peinado. Respiré para tranquilizarme y así poder tomar la mejor decisión para todos.  Estábamos sentados frente a frente en la mesa pequeña de mi casa, donde mi madre nunca quiso sentarse a comer, ella prefería comer como los pajaritos: poquito, de pie en la cocina o sentada en el sofá viendo la televisión.

Mi abuelo lloraba desconsoladamente en el sofá del salón, mientras cinco paramedicos monitoreaban su corazón. Respiraba profundo y lloraba, como si en cada bocanada de aire que soltaba se iba el resto de la felicidad que le quedaban en estos años de vida.

Esa mañana, llegue al piso corriendo, asustada, pero con la cabeza fría. La llamada de mi tío diciendome: ''tienes que venirte ya, le ha pasado algo muy malo a tu mamá'', me hizo tomar un taxi para no perder tiempo. De camino pensaba: ¿como le doy esta noticia a mi hermana?,  ¿como lo transmito a la familia en Venezuela?. Fue difícil no perder la cabeza en ese momento, algo innato en mi siempre me lleva a resolver situaciones duras sin perder la calma. Bloqueé mi corazón, mis sentimientos y entre a casa.

Una vez más revivi una de las situaciones más duras que he vivido en mi vida: un suicidio: un acto de violencia absoluta contra la persona y contra el entorno. Algo de lo que no te puedes recuperar nunca. Una situación que no se puede digerir. Es como si te amputaran el alma y te dejaran zombi de por vida.

Tome la decisión en dos segundos, ante la pregunta del hombre de la corbata de rayas: quiero que la cremen y no quiero ver nada, no quiero funeral, no quiero velatorio, solo quiero que me entreguen sus cenizas lo mas rápido posible. ¿Se las enviamos a casa?, tenemos ese servicio, me dice. No te pases!, le dije, dejalas en el Tanatorio, que yo las recojo con mi familia.

Luego de firmar papeles, autorizaciones y demas trámites y a menos de una hora de lo ocurrido, sentí que el alma se me despertaba, como un cosquilleo que empieza a doler y que ya no para.  No podía consolar a mi abuelo, mi situación era inconsolable. No podía consolar a mi tío, mi dolor era tan grande como su dolor.

¿Que se siente en esos momentos?, no se describirlo aún, sentía desespero porque mi cerebro no aceptaba lo que habia pasado. ¿Quien me aseguraba que realmente era ella si yo no la vi?, es un pensamiento absurdo, pero todo en ese momento era absurdo. Nadie me dejo ver nada, es lo mejor. No quedarse con ninguna imagen que nos haga mas daño del que nos han hecho. Mis dudas se despejaron cuando uno de la judicial habló de una prenda que llevaba puesta y fue ahí donde mi corazón, mi mente y todo mi ser aceptó que sí, que era ella.

A partir de ahí, comenzó el proceso de espera para que me la entregaran. Demasiada tristeza, demasiado de todo. Esto es demasiado.

1 comentario:

Erosrapsodia dijo...

Gracias bodhisattva

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