A veces les cuento a mis amigas que Cristian Grey existe y se rien, pero no se rien de mi, si no lo hacen con esa risa nerviosilla, esperando que les cuente como se que dicho personaje de ficción anda por ahí paseando por las calles de Mónaco, en su descapotable último modelo, buscando saciar sus instintos básicos.
Una conversación simple, invitandome a conocerlo. Así comenzó su aproximación. Enseguida nos dimos cuenta que había algo especial que nos conectaba: nuestras sombras se iluminaban sintiéndose libres de decir todo aquello que nos daba la gana, sin miedo a ser juzgados.
Cómo resistirse a esos 32 años tan bien estructurados en un cuerpo de 1.85, labios carnosos, ojos verdosos, cabello castaño tirando a rubio y ese acento francés, mezclado con inglés tratando de hacerse entender en español. Una bomba letal se aproximaba a mi y yo no iba a poner resistencia alguna.
Aburrido por Madrid me llama para decirme que no tiene nada que hacer, que desea verme ya, que no le haga esperar. Su avión ha aterrizado a tiempo, así que ya ha preparado las conferencias que va a dar al día siguiente. Y está tomandose un gin tonic en Ramses, aunque no toma alcohol la tarde fresca hace que le apetezca.
Sorprendida por una llamada que no esperaba decido prepararme para la cita. Iba a ser algo especial, lo presentía. Así que decidí sacar de mi armario el vestido negro ajustado, ese que tiene un cierre que atraviesa toda la espalda de arriba a abajo, modelo de temporada de Zara y mis tacones mas altos, también de Zara, pero que me traje de Lisboa el año pasado. Cabello suelto, labios rojos, ojos muy maquillados. Este chico quiere una femme fatale. No necesita decirmelo. Lo se. Decido llevar puesto tan solo el vestido negro y mis tacones. El cierre recorriendo mi espalda haría el trabajo por mí. Una invitación a la provocación.
Quedan 10 minutos. Me llama y me dice que esté lista, que me recoje en el portal de mi casa. Le digo que no, que nos vemos en el lugar directamente. Me dice que de eso nada. Que es un caballero y que me viene a buscar...tomando en cuenta de que no conoce Madrid, el que decida venir a recogerme y que insista tanto en ello, ya es un puntazo.
Bajo al portal del edificio y lo espero sentada, el corazón me bombea fuerte ante tanta expectación. El chico me gusta y estoy nerviosa.
Un deportivo último modelo aparca justo delante de la puerta, un porshe carrera, color plata, alquilado en la mañana de ese día. La siguiente visión fue sublime: camisa blanca perfectamente planchada tan solo verla, aun de lejos, se sentia la suavidad de la tela, pantalón gris oscuro con un toque de brillo, americana a juego. Este hombre se había bajado del coche para recibirme a los pies de las escaleras del portal de mi edificio.
Como bajar esas escaleras sin tropezar, ante semejante visión!!!
Al llegar justo delante de el y ver sus ojos verdosos marrones, sentí una corriente en la espalda, que de haber llevado bragas, estas se hubiesen mojado. Se acercó y sin pudor alguno me besó. Me beso tan apasionadamente, aprentandome tan fuerte hacia él, que juro que me convertí en mantequilla en sus brazos. Derretida...estaba derretida, ante tanta sensualidad y caballerosidad.
Nos dirigimos a un conocido local de Madrid y tan solo entrar ya eramos el centro de todas las miradas. Pedimos dos gintonics, los cuales nunca terminamos. Desprendiamos tanta sensualidad y deseo, el uno por el otro, que aun sin tocarnos, nuestras pieles ya sentian esa química, preludio de lo que iba a ser la noche.
Treinta minutos bastaron para una propuesta de su parte: Qué hacemos aquí? toda esta gente sobra entre tu y yo, me dijo. El deseo y la tensión sexual era tan fuerte que no pude resistir. Para que tantas barreras si sabía que aquel momento iba a ser inolvidable?.
De vuelta en el porshe y rumbo a su hotel decide hacer un stop en una calle. Me besa apasionadamente, no para de hacerlo, sus labios suaves, tan suaves como toda su piel y sus cabellos. Mis manos no dejan de percibir aquella piel tan particularmente deliciosa.
Recupera el control. Conduce como un poseso por toda la Castellana. Adoro los hombres que conducen bien y que ademas lo hacen agresivamente. Además huele delicioso. La noche promete diversión.
Vuelve a detenerse. Esta vez en un Vips. Baja y regresa con una tarrina pequeña de helado de chocolate. Comienza el juego y ese helado forma parte de el. No hay miedo a pringar el coche, es de alquiler.
Subimos a la habitación. No dejaba de besarme repitiendome cuanto le ponían mis labios. Solo una frase y dos movimientos, me hicieron ver a un hombre decidido, de esos que me enloquecen, sus manos en mi cintura me colocaron cara a la pared. Sus dedos comenzaron a bajar el cierre de mi vestido. Mis tacones permanecieron puestos toda la noche, el resto en el suelo de aquella hermosa habitacion.
Una noche inolvidable...
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