Le miro mientras me dice que quiere dormir más, llevo toda la noche buscando su mano para no soltarla, como queriendo aferrarme a sus sueños, deseando convertirme en uno de ellos.
No suelo dormir con nadie. No porque no quiera, sino porque me vincula emocionalmente. Cada uno conoce sus debilidades y para mi dormir junto a él, me hace vulnerable. Lo sé, es así, me dejo llevar...así que busco su mano y la junto a la mía, no le suelto. Me duermo escuchando el susurro de su respiración profunda, necesito tocarle, aunque las camas se empeñen en alejarnos, porque aun estando juntas, existe una división, que me dice que podría terminar en el suelo si me acerco a su espalda.
Me muero por pegarme a él y que me no me suelte, tal como pasó la última noche, cuando dormimos juntos en Madrid. Sin embargo, soy de respetar espacios, asi que me conformo con cogerle de la mano y no soltarle los dedos.
Se que en unos días ya no estará, no lo quiero pensar. Solo quiero vivir el momento que me da. Toparme con un alma libre como la mía en este momento de mi vida es un regalo, solo queda disfrutar y agradecer a la vida y a sus conexiones los momentos vividos. Son precisamente esos momentos los que me impulsan a seguir viendo la vida con ojos transparentes. No necesitamos aferrarnos a nadie y vivir desde el apego las relaciones. Nadie nos pertenece. No pertenecemos a nadie.
Como dice el escritor: Albert Espinosa en su libro: Todo lo que podríamos haber sido tu y yo si no fueramos tu y yo: ''No soy de enamorarme, ya os lo he dicho... Creo poco en el amor y bastante en el sexo.''
El sueño nos envuelve, me duermo a su lado. Vivo el momento.
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